Una de cal y otra de arena

“Una de cal y otra de arena”, diría Irma, madre cuidadora educadora, mientras nos narra esta historia que venimos construyendo con los pedacitos de cielo que hilvanamos en la tarea cotidiana de puros empecinados. Tal vez porque en esa amalgama de arena y cal se pone en juego el deseo urgente de una manera diferente de vivir y convivir en nuestros barrios.

“Una de cal y otra de arena”, y la tarde se ilumina con el incendio de la palmera de Graciela, la vecina del kiosco, la misma que encuentra en la venta que hace en su casa el camino de sobrevivencia, a veces sin el fino discernimiento de poder descubrir la contradicción que genera su propia sobrevivencia cada vez que pone en manos de los adolescentes y jóvenes el alcohol que en las noches, para ella, es la miserable utilidad del emprendimiento comercial, y para los niños adolescentes y jóvenes, la condición de llenarse de coraje junto a la droga para emprender la faena de su “trabajo” cotidiano de robar para nutrir los canales de la narcoeconomía presente en nuestros barrios.

-          Hijos de puta… drogadictos… mal paridos… degenerados. Decía el insulto parido desde la garganta filosa de la Graciela amenazada mientras se incendiaba la palmera.

Una de cal y otra de arena, se olía en el aire mientras en rededor los mismos vecinos se acercaban, no para apagar el incendio, y entre murmullos, esquivando la mirada, parecían subscribir esos dichos.

-          Hay que correrlos… que se vayan… no se puede trabajar con ellos. Decía Graciela, tal vez ignorando que en ese momento en su palabra se pronunciaban (las voces de) tantos y tantas que subscriben nuevas formas instaladas de situar a los adolescentes y jóvenes con el rol de enemigos en esta tragedia.

Una de cal y otra de arena, la violencia se instala en el grito y la amenaza, se huele entre el humo de las llamas que se apagan mientras el fuego interno parece avivarse.

-          Hay que pegarles un tiro… negros mierda. Dice el vecino que murmura detrás de Graciela que promete levantar firmas como anticipando su plan integral. Primero matarlos para después cerrar y arrasar toda esperanza de organización o de acción. Nuevamente en el murmullo y en el grito creemos escuchar las voces de tantos y de tantas que terminan imponiendo como únicas estrategias o el aislamiento, o el exterminio… en acciones directas o vía la inacción o el hacer “como si” al que nos estamos acostumbrando como sociedades.

Una de cal y otra de arena, y es tal vez allí donde el compromiso se confirma, porque en las entrañas se va pariendo que por cada grito, cada amenaza y cada insulto… y en cada palmera quemada se simboliza un estado de las cosas que en la violencia del “pobrerío” terminan instalándonos agendas que solo animan el círculo de violencia de tanta bronca acumulada… de tanto desamparo… de tanta moratoria de cuidado.

Una de cal y otra de arena“, y allí se nos planta Lucas, educador del otro mundo posible, que en sus 17 años imponía en la asamblea de nuestros compañeritos su cuota de convicción visceral, la convicción propia de aquellos que se animan a sostener por encima de todo análisis la ultimidad de la vida.

¿Una de cal y otra de arena?… y el Lucas educador y compañero nos interpela cuando dice: “Nos neguemos a considerar a los otros como una cosa más… algo que está al lado nuestro solo para consumir nuestro aire”. Lucas educador nos conmueve como lo hacen los compañeros, que, con esa chispa en la  mirada, mirada que se sostiene firme en cada palabra sentida, firme a pesar del nudo que se le arma en la garganta, nos devuelve el aire a pesar de tanto humo… el mismo Lucas que hace apenas unos años costaba escuchar su voz en este espacio, hoy nos proponía otro horizonte que va más allá del incidente de la tarde. Que paría cada palabra, y lo sostenía en la mirada, desde la cuota de bronca necesaria para plantarse como rebelde, como educador no domesticado, que nos movía a los adultos en la indignación y el gozo por confirmar que en medio de estos contextos se van pariendo otras maneras de ser y de estar, porque nos ayudaba, este Lucas educador, a reinterpretar tantas miradas esquivas de funcionarios, otrora compañeros hoy devenidos en burócratas domesticados, y lo peor de todo, cómplices también, por partícipes, de los banquetes donde se nutría Graciela como expresión de esa nueva academia de la cultura de la muerte. El Lucas educador nos posibilita también confirmar a otros tantos compañeros y compañeras que se hacen en el camino y que los encontramos siempre dispuestos, siempre dispuestas, a buscar las salidas a este espiral de violencia por la acción pertinente, esa que nace de las entrañas… nace de las tripas y la indignación.

¿Una de cal y otra de arena? Y Lucas compañero y educador nos mostraba el anverso del otro mundo posible, soñado, viviéndolo como posible. Lucas compañero nos precipita en los tiempos, nos dispone nuevos escenarios donde construir fuertes sin perder la ternura, como él, como ellos… nuestros compañeritos de camino… tan cercanos… tan desafiantes, para un día poder caminar junto a las Irmas, las Gracielas, los Lucas… y los otros y las otras, desarmando la idea que se empecina en ver al enemigo en el caído. Tal vez así, un día, una de cal y otra de arena sean las bases para proponer y disfrutar del otro mundo posible como una realidad para todos y para todas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Connect with Facebook

*

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>